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OBEDIENCIA A LA FE

La Carta de Pablo a los Romanos es un desafío pastoral. Desde luego, de gran riqueza teológica. En ninguna otra parte Pablo nos muestra el evangelio de la gracia salvadora de Dios en Cristo tan hermosa y profundamente como lo hace aquí. Pero la teología de Pablo acerca de la gracia no es una exposición abstracta de doctrina. Se esfuerza en explicar a la iglesia en Roma el evangelio que predica, y en afianzarles en ese evangelio. La doctrina apostólica siempre tiene un enfoque pastoral. La verdadera teología hay que vivirla (Martín Bucero), nunca son verdades en bruto.

Dicho esto, es llamativo que Pablo abre y cierra esta Carta a los Romanos con una misma frase: ‘la obediencia a la fe’ (1:5 y 16:26). Comienza su carta diciéndole a la iglesia en Roma que él “recibió la gracia y el apostolado para la obediencia a la fe en todas las naciones por amor de su nombre (de Jesús)”; y termina su carta diciendo que la revelación de Dios en los escritos proféticos “se ha dado a conocer a todas las gentes para que obedezcan a la fe.”

¿Qué es esa ‘obediencia a la fe’? La fe, el confiar en Jesucristo y renunciar a uno mismo, es la obediencia al mandato del Evangelio a creer en el Señor Jesús para ser salvo. Pero veamos si este es el significado exacto de ‘la obediencia a la fe’. Es más probable que esta frase nos diga que la fe en Jesucristo introduce al creyente en una vida de obediencia a Jesucristo. Donde no hay una obediencia sincera a Jesucristo, no puede haber una fe salvadora en Cristo. Esto tendría que ser obvio para todos nosotros. La fe no es un mero asentimiento teórico a propuestas bíblicas. La fe, lo que la Biblia quiere decir con fe, te lleva a Cristo, te lleva a una unión y comunión viva y personal con Cristo.

Pero el Evangelio no nos ofrece a Jesucristo solo como Salvador del pecado. Le muestra como Profeta y Rey además de Sacerdote. Como Sacerdote, él hizo expiación de nuestros pecados y ahora intercede a la diestra de Dios para bendecirnos, defendernos y protegernos. Como Profeta, se revela ante nosotros como la última y mayor palabra del Padre celestial. Como Rey, nos gobierna como nuestro soberano. Nos ha comprado con su propia sangre y no somos nuestros (1 Corintios 6:19-20). El triple ministerio de Cristo nos indica la naturaleza de la salvación que es nuestra solamente por la fe en el Hijo de Dios. Él nos ha salvado para ser su posesión más preciada (Éxodo 19:5; 1 Pedro 2:9), para hacernos sus siervos fieles, amantes y obedientes. No somos nuestros. Hemos sido rescatados para glorificar a Dios en nuestro cuerpo.

Hay otro aspecto o dimensión en ‘la obediencia a la fe’. La obediencia del cristiano a Cristo tiene que ser una obediencia creyente. Todo lo que hacemos, tenemos que hacerlo en fe. La obediencia legal es alimentada por el deseo de hacer méritos para con Dios. Nace del miedo, no del amor. Intenta cumplir, sin ser verdaderamente obediente. En contraste, la obediencia evangélica es alimentada por el amor y la gratitud. Es incitada por el deseo de agradar al Salvador. Ve la obediencia a los mandamientos de Dios no como una tarea a cumplir, sino como un verdadero placer (Salmo119:24, 35, 47, 70, 97; Juan 14:15). El amor realmente hace dulce la obediencia.

La obediencia a la fe: ¿crees que dan la talla, tu vida y la mía? ¿Es nuestra fe una fe verdaderamente bíblica, que salva?, es decir, ¿una fe que ama y busca la obediencia? Nuestra obediencia a Cristo ¿se alimenta de gratitud y amor? ¿Es nuestra obediencia parcial y selectiva? ¿O es nuestra obediencia completa? ¿Nos duelen nuestros fracasos en obediencia, sobre todo porque le duelen a nuestro amado Salvador que murió para que nosotros viviéramos?

Hace unos años, en ciertos círculos eclesiales era bastante común decir que Jesús podía ser tu Salvador sin ser tu Señor. Que primero le recibes como Salvador, y luego, un tiempo después, como Señor. Este pensamiento llevó a la idea asombrosa de que pudiera darse el caso de un cristiano que vive en desobediencia a Cristo. Es verdad que todos los cristianos pecan, y a veces pecan mucho. Pero si decimos que conocemos a Cristo, pero no guardamos sus mandamientos, somos mentirosos y la verdad no está en nosotros, como dijo el apóstol Juan (1 Juan 2:4). Una de las características esenciales de un cristiano es un sincero pesar y dolor a causa de la desobediencia, y una decisión diaria –en dependencia del Señor– de vivir más conforme a sus mandamientos.

El salmista escribió: “¡Oh, cuánto amo yo tu Ley!” Los que vivimos a este lado del Calvario tenemos mucho más motivo para decir ‘¡Oh, cuánto amo yo tu Ley!’ ¿Lo hacemos?

Ian Hamilton
(pastor de la Iglesia Presbiteriana de Cambridge, Reino Unido)
Publicado en el boletín nº 112 de la iglesia evangélica del Barrio de San Pascual, octubre 2014.