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EL “NIDO VACÍO”

Voy a intentar abordar el tema del “nido vacío” desde una perspectiva muy personal, pero muy poco técnica. No querré desligarme del momento evolutivo que, como matrimonio, estamos viviendo mi marido y yo, desde que nuestro hijo se casó y voló de nuestro nido para establecer su propia casa, que ahora está llena de vida con dos fantásticos hijos adolescentes.

La meta ideal de cualquier matrimonio ha de ser llegar a vivir juntos la experiencia del   “nido vacío”. Cualquier otra cosa implicaría rupturas o muertes prematuras, nunca deseadas; pero lo que acabo de escribir puede parecer, en nuestros días, un absurdo fuera de lugar. Hoy no está de moda la fidelidad y mucho menos el compromiso de: “hasta que la muerte nos separe”.

La palabra “envejecer”, aparejada a que los hijos se hacen mayores y se van, nos asusta pero creo que envejecer juntos, como marido y mujer, tiene connotaciones muy  diferentes.

Leyendo el artículo de Josep Araguás (en esta misma publicación), sobre el noviazgo, pensaba en la maravilla de un continuo con un preámbulo maravilloso: el noviazgo que daría lugar al comienzo de una relación seria,  y unos años finales en los que volvemos a estar  juntos, solos, en el nido que hemos ido construyendo, muchas veces con sudor y lágrimas, pero que es el nuestro (quizás ahora, después de los años, un tanto anticuado y con tantos recuerdos que apenas caben en los metros de piso que tenemos…). 

Se dice que el amor es mirar los dos en la misma dirección, pero siempre pensamos, al oír esta frase en que ese mirar es hacia delante y, en muchos sentidos es así, pero ¿no tendrá también que ver con mirar hacia atrás? ¡Cuántos años! ¡Cuántos recuerdos!... Ciertamente la vida ha pasado tan deprisa… Parece que fuera ayer cuando nacieron nuestros hijos… Pero hemos de estar muy felices si las muchas aguas y las fuertes tormentas, a lo largo de los numerosos años, no han apagado el verdadero amor.

Me permito retomar aquí algo que escribí hace unos años, justo al empezar a construir nuestro propio nido vacío:

Hice referencia, en aquel momento, al libro de Paul Tournier en el que encontré unas frases increíblemente tiernas escritas en el “Libro de la Familia” por Ramuz:

“Ven a colocarte a mi lado en el banco, ante la casa, mujer tienes tu derecho; van a cumplirse cuarenta años que estamos juntos. Esta tarde tan linda es también la tarde de nuestra vida: tú también te mereces un momento de reposo. Los hijos ya se han establecido, se han ido por el mundo; y de nuevo estamos los dos, como cuando comenzábamos. Acércate a mí; ya no tenemos necesidad de decirnos nada. Solo tenemos necesidad de estar juntos una vez más, y dejar venir la noche en la satisfacción de la tarea cumplida.”

Cada vez que vuelvo a leer este corto párrafo me da una increíble sensación de reposo; pero como dice Paul Tournier: “Ese reposo no debe ser la detención de la aventura” y, mientras dura la aventura de la vida, el nido vació no debe constituir una causa para caer en desesperación ni en depresión. ¡Estamos juntos todavía! ¡Hay mucha vida si miramos hacia atrás pero también mucho por lo cual vivir, si miramos hacia delante! Además, como dice mi marido: ¡¡¡Todavía nos queda la eternidad!!!

De todas maneras, es cierto que ese síndrome necesitará muchos reajustes en nuestra vida que serán buenos para nosotros y también para nuestros hijos, que deben salir hacia el mundo, cuando llega la hora de hacerlo, para empezar la historia de una nueva independencia en la que construir, quizás con materiales distintos, un nuevo nido.

Si miramos la conducta de algunas aves en cuanto a sus crías, vemos que la madre los empuja a salir del nido poniendo a los polluelos jóvenes entre sus alas y, cuando han alcanzado cierta altura, los sacuden para que ellos empiecen a volar. A partir de ahí los pajaritos tienen que empezar a construir una nueva vida, en sus propios nidos. No sabemos si sufren del “síndrome del nido vacío” pero los humanos sí lo sufrimos.

Creo, además, que la ordenanza divina de “dejará el hombre a su padre y a su madre y se unirá a su mujer” (Gén. 2:24), tiene asociada mucha sabiduría del Dios Creador. Los hijos necesitan ese nuevo espacio en el que vivir en libertad y adquirir nuevos y serios compromisos. Pero también los padres necesitamos, después de los años de crianza, volvernos a encontrar en esta nueva etapa, muy diferente, pero con la determinación de vivirla en plenitud, disfrutando, como nunca, el uno del otro y los dos juntos de todo lo que el Señor nos concede, en su gracia, cada día.

A propósito del párrafo anterior y volviendo al artículo mencionado de J. Araguás, sacando la frase un tanto de su contexto, debemos recordar que “aunque todo implique cierta dosis de trabajo y sacrificio, también resulta cierto que todo esfuerzo es recompensado a la luz del amor por la persona deseada”.

En ese “éxodo” los hijos llevarán las “mochilas” acumuladas durante los años vividos con los padres. Se van, siendo resultado de su genética, pero también de su historia en la familia de origen. Esa historia habrá ido dejado huellas indelebles que, de alguna manera, condicionarán esa nueva andadura. A veces el nido vacío se queda teñido de complejos de culpa, al ver algunas acciones o reacciones en nuestros hijos que nos recriminan de lo que nos parece que hicimos no demasiado bien; pero quiero dejar aquí un consejo: recuerda que los padres perfectos no existen. Quédate con la idea de que has hecho lo mejor que has sabido en cada momento y circunstancia. Deja en las manos del Creador cualquier cabo suelto y encomienda a tus hijos a Su especial cuidado.  Se van donde ya no les puedes acompañar del todo, pero Él seguirá con ellos aunque tú no puedas estar tan cerca como quisieras.  Pero ¡no dejes de orar por ellos y sigue siendo modelo!

Por otro lado, sabemos muy bien que se han ido, pero que vuelven (aunque, preferiblemente, no vuelvan para vivir en casa). Nuestro rol de padres seguirá mientras dure nuestra vida. No podemos, ni queremos dimitir de esa responsabilidad sagrada pero ahora, cuando ya se han ido, tenemos que hacer una seria metamorfosis en nuestra forma de actuar…Si vienen sin agresividad, sin abuso y sin sentirse agredidos por nuestras palabras o actitudes, implicará que han llegado, de verdad, a la madurez. Ese volver, ha de ser en su justa medida. Los seguimos necesitando y ellos también nos necesitan pero deben saber que su lugar ya no está en este nido…Su casa, su cónyuge, sus hijos… tienen que ser su prioridad y que, en lo que se refiere a los nietos, que son nuestro gran tesoro en el “nido vacío”, el cuidado principal y la educación tiene que venir de ellos. Los abuelos deben ser otra cosa: figuras de apego, de ternura, de transmisión de historia, de comunicación de valores y de gran complicidad.

Una de las peores cosas que puede pasar es que algo ocurra en el nuevo hogar que haga necesario el refugio del nido de origen. Les tenemos que dar la bienvenida para que recuperen fuerzas y puedan volver a su lugar lo antes posible. Nuestra casa, cuando sea necesario, deberá seguir siendo un lugar seguro para ellos. En esos momentos tenemos que ser muy sabios en cuanto a nuestros consejos. Debemos esperar a que nos los pidan porque un consejo no pedido puede tomarse como una intromisión o, incluso, como un maltrato. Debemos ser siempre bíblicos y hablar la verdad en amor.
Es importante funcionar por preguntas e intentar que sean ellos los que encuentren sus propias soluciones.

Quiero terminar con unas notas que escribí en mi propio diario, hace unos años:

“Empiezo a escribir hoy desde un jardín inglés, una dulce y suave tarde de verano (suena a novela rosa y cursi pero no sé cómo expresarlo de otra manera).
Agosto en Inglaterra es ya un tiempo fresco, sobre todo a final de mes.
No sabría describir con palabras el contexto en el que estoy, pero lo intento:

Es un jardín muy bien cuidado y el olor a rosas llega hasta la mesa en la que estoy escribiendo. Hay muchos comederos para los pájaros, llenos de grano… (Los ingleses tienen una predilección especial por cuidar a los animales). Las flores multicolores y el ruido de una pequeña fuente completan el cuadro multisensorial.
Son las cinco de la tarde, aquí hora del té.

Lo apacible y calmado del momento parece eterno. Llevo más de treinta años viniendo periódicamente a esta casa. No sé distinguir si los árboles están más altos (seguro que sí), o si hay más o menos plantas, pero siempre me parece increíblemente calmado y generador de paz, ¡Seguro que mi cuerpo genera endorfinas con todo esto!

Estoy pensando en que es un jardín inalterable, pero es sólo aparentemente; dentro de la casa a la que el jardín pertenece ha vivido durante todos estos años un matrimonio.
Recuerdo muy bien nuestras primeras visitas (yo era entonces muy joven), la casa estaba llena de niños, el ruido llenaba el ambiente. La pareja, que ahora tiene más de setenta años, vivía tremendamente ocupada e involucrada en las labores cotidianas de crianza y de trabajo, viendo crecer a su familia, luchando sin descanso para que todo marchara bien.
Hoy, treinta años más tarde, el jardín sigue igual (o por lo menos lo parece), pero las personas no.

Curiosamente, la casa, los muebles, todo sigue ahí, bastante inalterable (los ingleses no tiran nada, las cosas perduran en el tiempo como sus edificios y monumentos). Pero todo está mucho más vacío. Los hijos ya se fueron, viven en otras partes y las personas sí que han cambiado. Han envejecido…

Seguramente esto más que animarme hace que sienta una especie de nudo en el estómago. ¿Es como una depresión? ¿Cómo se sentirán ellos? Cuando yo los conocí estaban en sus cuarenta y yo en los veinte y pocos. Pude ver cómo vivían esa época tan hermosa, ocupada y llena de vida. Pero, cada vez que volvía, había más canas que cubrir, más arrugas que alisar. Las Navidades empezaban a sucederse con una velocidad de vértigo. Los veranos, en este jardín, me avisaban que ellos y yo teníamos un año más.

El día que en que la madre cumplió sesenta, estuve en su fiesta de cumpleaños. Fue una gran fiesta, muy al estilo británico. Salieron amigos hasta de debajo de las piedras. Fue un recordatorio de vida. ¡De eso hace más de diez años!
A partir de aquel momento, la lucha por alargar la madurez, la batalla por no llegar a la vejez ha estado presente dentro de la casa a la que pertenece el jardín.

Son las seis de la tarde. El aire se hace más fresco. El cielo está de un increíble azul para estas latitudes, solo unas nubes blancas, muy blancas cruzan, manchan el azul. Empieza a caer la tarde, el sol se esconde. Todo sigue quieto, muy quieto. Yo, desde este jardín, quiero vivir el presente. Puedo experimentar lo que Maslow llamó “experiencia cumbre”. No sé lo que pasará en el próximo minuto, pero desde aquí solo pretendo no pensar en ningún momento futuro. No quiero que las perdidas ni la nostalgia, llenen en exceso mi pensamiento. Quiero verlo desde la calma y la esperanza. Ellos aún viven y son felices. Yo puedo disfrutar de su compañía y verles envejecer con un ritmo que chirría entre el jardín y la casa…
¡Queda todavía mucha vida!

Me llaman para el té. Parece que con la edad las cosas también se retrasan en este país tan puntual…

Ester Martínez Vera

Psicólogo 

   

 

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